la genialidad de un ariano que hizo algun trueque con escorpio
Poco puedo decir de Anatole France como individuo pues le conozco sólo por sus obras y algunas referencias sueltas. Era francés, fue simpatizante del partido comunista y la Internacional Socialista, recibió el premio Nobel en 1921 y sus obras fueron anotadas en el Índice vaticano que recogía las obras proscritas por la Iglesia. Ninguno de estos atributos sirve para recomendarlo, y hoy, lo creo un autor casi olvidado. Suele recordársele cuando se realizan “pases de lista”: de premios Nobel, de activistas en el caso Dreyfus, de rechazadores de la Paz de Versalles, de intelectual de izquierdas o anticlerical, de franceses de la gran Francia, etc. Como autor prolijamente epigramático, sus citas circulan en abundancia, muchas, torturadas hasta el irreconocimiento. Pero raras veces he visto hablar de sus obras como de “lectura imprescindible”. Cuando su nombre aparece en un “top 500” lo debe más a su condición de premio Nobel y al fetichismo del recopilador que al entusiasmo.
Al leer a France es fácil advertir su fe en la anécdota y en el discurso. Para él no solo era importante tener algo que contar, sino, contar algo importante de un modo importante. Su estilo es falsamente sencillo, con una rusticidad construida con el máximo de atención. Tanto se esfuerza en hacer resplandecer su mensaje esencial que sus parlamentos resultan inverosímiles y barrocos. Cuando describe una situación dramática, sustrae toda introspección de sus personajes, los muestra actuando pero deja al lector los sentimientos de vergüenza y orgullo pisoteado. Ya sean ridículos o crueles, sus personajes son siempre inocentes. Ninguno padece por el “bailar desnudo delante de la gente” de Dostoievski. Tiene como autor-director más comunidad con Voltaire que con la mayoría de sus contemporáneos. Al colocarse muy lejos de la novela psicológica, produce una impresión de lectura arcaica, no ya comparado con Joyce o Kafka, sino con Sthendal e incluso Defoe. Es profusamente ingenioso, pero sus frases, demasiado agudas, no son pacíficamente evocadoras, son directas, de sentido admonitorio y moralizante. Sus personajes, como los de Homero, discurren y dialogan de la misma manera, y cuando ocurre un cambio en sus ideas, es más bien circunstancial que íntimo. La mayor parte de sus descripciones es sobre espacios cortos de tiempo por lo que no hay transformaciones en sus héroes que obedezcan al paso del tiempo como en la “La buena tierra” de Pearl Buck, pero tampoco encontraremos los procesos mentales complejos e intensos del “Catcher in the rye” de Salinger.
El ingenio que despliega puede cansar al lector, y su estilo, elegante y erudito, disminuirlo. Pero France es un observador atento, y tras su cinismo, esconde ternura y compasión por los seres humanos y aunque sufren de irrealidad, sus personajes son siempre individuos. France es demasiado modesto para pretender amar y comprender a la Humanidad en superlativos y reserva el mayor sarcasmo para los Ideales totalizadores e integristas. Su novela “Los Dioses tienen Sed” trata sobre los últimos días de Robespierre. El héroe, Evaristo Gamelin, un jacobino interesado en imponer la Virtud mediante la guillotina, desprecia a su madre y hermana, y no vacila en recriminarlas:
«-¡Callaos madre callaos!- ¿Qué importan las privaciones, las angustias que sufrimos ahora, si la Revolución ha de realizar durante siglos y siglos la dicha del género humano?»
Disfrazado bajo la identidad de Brotteaux y algo cambiado, mi amigo Coignard dialoga con Gamelín:
Gamelín: -Creo, ciudadano Brotteaux, que al implantar la República el culto de la Razón no dejaréis de adheriros a una religión tan conveniente.
Brotteaux:- No me fanatiza la razón, que de veras estimo. La razón guía y alumbra; pero cuando la divinicéis, acaso ciegue, y sea instigadora de crímenes…
La “Virtud” de Gamelín no lo inhibe de mostrársenos celoso, vengativo, injusto y prevaricador. Cuando Gamelín cae, junto con el resto de los compañeros de Robespierre, France nos muestra una escena sublime. La ex-amante de Gamelín, quien le había jurado amor eterno, y que se estremecía de pasión por él, incluso imaginándose condenada por su pareja y sintiendo el filo de la cuchilla en su propio cuello, despide en su alcoba a su nuevo amante, con idénticas palabras y recomendaciones que las dirigidas a su amante muerto. Los pecados de la lujuria y la concupiscencia son, indudablemente, de mucho más valor que la “Virtud” o la “Razón”. La vida, (en minúscuslas), aventaja a la Muerte.
En “La Rebelión de los ángeles” France nos traslada a un escenario de revolución celestial: una conjura para derrocar a Dios, quien es presentado como mitad incompetente mitad malvado, que se mantiene en el poder por engaño y violencia. El Diablo y sus aliados encarnan el espíritu de la Razón y la Ilustración. La superioridad de las virtudes y defectos humanos sobre los “Ideales” se muestra en un confuso escenario en el que participan los hombres y sus obras. Ángeles de la guardia que desatienden a sus protegidos para estudiar en una biblioteca y se materializan para seducir a su querida. Seres celestiales que se emborrachan y forman escándalos y son enfrentados por la policía. Como siempre, France mantiene en perenne acoso a la “Virtud”:
«El ángel ayudó a desabrocharla. En aquel peligro inminente, Gilberta se defendía con heroísmo, y exclamó al fin:
-¡Eso no! ¡Eso no ha de ser! No seré suya, porque ¡lo deseo demasiado!
Su resistencia no le impidió sucumbir.»
Pese a que todo el libro presenta argumentos por la bondad de la causa de Satán, éste, más sabio y bondadoso que muchos hombres, descubre en su futuro reinado de la justicia, el germen de la tiranía mas espantosa, y que su obra se limitaría a un trueque de posiciones entre verdugo y víctima. Satán renuncia a la conquista del cielo, no por falta de razones, sino por exceso. Satán comprende que la condición humana no es mudable mediante voluntarismos.
Tesis que mi amigo Coignard esclarece:
« -Desconfío mucho de los gobiernos concebidos entre cábalas y motines. La oposición es mala escuela de gobierno, y los políticos previsores que por ese medio consiguen su triunfo, tienen muy buen cuidado de gobernar con máximas completamente opuestas a las que anteriormente profesaron»
Y Anatole France comentando a Coignard: «En cuanto a ver reconstruido de una vez el cuerpo informe de las leyes, ni lo esperaba, ni lo deseaba; creía poco en los beneficios de una legislación improvisada»
En “La isla de los Pingüinos” France describe una sociedad de pingüinos evolucionados a la humanidad por la torpeza arrogante y maniática de un santo varón medio ciego que los confundió con personas y los bautizó. En esta obra France dispone de toda la historia de Francia para desplegar su ironía y mordacidad. Le cedo la palabra:
«Un robusto pingüino (…) acercase a un humilde pingüino que regaba sus lechugas abrasado por el sol y le gritó:
-¡Tu campo es mío!
Después de pronunciar estas palabras dominadoras, golpeó con la maza la cabeza del hortelano, el cual se desplomó sobre la tierra cultivada por sus afanes.»
El diablo, representado por el monje Bulloch, reflexiona:
«-En materia de propiedad, el derecho del primer ocupante es incierto e infundado; el derecho de conquista descansa en sólidos cimientos; es el único respetable, por ser el único que se hace respetar. La propiedad tiene por único y glorioso origen la fuerza, principia y se conserva por la fuerza. Así, es augusta y solo cede a una fuerza mayor; por esto puede llamársele noble a todo el que la posee. Y ese pingüino rojo que despachurra al trabajador para quitarle su huerta, acaba de fundar una muy noble casa. Voy a felicitarle.
-Padre mío, bendecid a Greatauk, porque todo poder viene de Dios.»
Sobre la edad media:
«(…)los marsuinos atacaron la ciudad por tierra y por mar, la tomaron por asalto, y durante tres días y tres noches mataron, robaron, violaron e incendiaron con la indiferencia que engendra y lleva en sí la costumbre.
Es verdaderamente admirable que durante aquella edad de hierro la fe se conservara intacta entre los pinguinos. El esplendor de las santas verdades deslumbraba entonces a las almas, no corrompidas aún por el sofisma. Esto explica la unidad de creencias. Una práctica constante de la Iglesia contribuyó sin duda, a mantener esta dichosa comunión de los fieles, y consistía en quemar sin escrúpulo a todo pingüino que no pensara como los demás.»
Sobre la revolución:
«La nación soberana había desposeído a la nobleza y al clero de sus bienes para venderlos a precio vil a los burgueses y a los campesinos. Los burgueses y a los campesinos juzgaron que la Revolución era buena para adquirir tierras y mala para conservarlas.»
Napoleón (Trinco) :
«Un guía cojo que me acompañaba se detuvo en una plaza:
-Nuestra ínsula -dijo- ha dado a luz, como no podéis ignorarlo, al genio más grande del Universo: Trinco.(…)
-¿Qué cosa extraordinaria hizo ese Trinco?
-¡La guerra!(…) Durante treinta años de guerra, Trinco ha conquistado la mitad del mundo conocido.
-¿De modo que sois dueños de la mitad del mundo?
-Trinco nos lo ha conquistado y nosotros lo hemos perdido. Grandioso en sus derrotas como en sus triunfos ha devuelto cuanto había conquistado. (…) Dejó la Pinguinia empobrecida y despoblada (…) A su muerte quedaban solo en nuestra patria los jorobados y los cojos, de los cuales descendemos. Pero nos legó la Gloria.
-Os la hizo pagar muy cara.
-La Gloria nunca es cara.»
El caso Dreyfus (Pyrot) France lo trata con mucho detalle. Por sus paralelismos con casos del presente traigo esta cita:
«-Pero,¿qué traen aquí-preguntó el general.
-Son nuevas pruebas contra Pyrot-dijo Panther-. Las pedí a todos los cantones de Pinguinia, a todos los centros militares, a todas las cortes de Europa. Las encargué a todas las ciudades de América y de Australia, y a todas las factorías de África. Espero algunos paquetes de Bremen. Y un cargamento de Melbourne.
-Muy bien. ¡Me parece muy bien!, pero temo que se le quite al asunto Pyrot su encantadora sencillez Era límpido como el cristal de roca. Su mérito consistía en su transparencia. Hubiera sido inútil buscarle, ni con microscopio, el menor defecto. Al salir de mis manos era puro como la luz: era todo luz. Os di una perla y me la convertisteis en una montaña. Temo que, por hacerlo demasiado bien, lo hayáis estropeado. ¡Pruebas! No dudo que sea bueno tener pruebas, pero es mejor no tenerlas. Ya os dije, Panther, que solo hay una prueba evidente: la confesión del culpable. Del modo que yo lo instruí, el proceso Pyrot no se prestaba de ningún modo a la crítica, no tenía un solo punto vulnerable. Ahora da lugar a todo género de comentarios. Os aconsejo, Panther, que uséis de vuestras informaciones con reserva. Os agradeceré, sobre todo, que moderéis vuestro trato con los periodistas. Habláis bien, pero habláis demasiado. Decidme, Panther: entre esas pruebas, ¿las habrá falsas?
Panther sonrió:
-Las hay amañadas.
-Eso quería deciros. Las amañadas son las mejores, las más útiles. Las pruebas falsas, en general valen más que las verdaderas, porque se hicieron ex profeso para la causa y tienen la medida y la exactitud convenientes.. Son preferibles también porque transportan los espíritus a un mundo ideal, los apartan de la realidad, que en este mísero mundo siempre es engañosa... De todos modos, preferiría que no hubiera pruebas.»
No son muchas las ocasiones en las que Anatole France trata situaciones contemporáneas. Prefiere la parábola y el símil, u opta por traer a la luz épocas pasadas, situándose a sí mismo fuera del foco. Coignard, su alter ego filosófico, es un oscuro personaje del siglo XVIII, con el que tampoco se identifica plenamente y recurre a una segunda personalidad: su discípulo Jacobo Dalevuelta como narrador en primera persona, y se presenta a sí mismo como editor de Dalevuelta. El caso Dreyfus, altamente politizado, es una rara y rica excepción.
Un error habitual es establecer identificaciones entre fenómenos dispares, separados en el tiempo, que tienen en común el nombre. Es descaminado considerar isomorfas la izquierda, derecha, liberalismo, etc. de finales del XIX con los de principios del XXI. Pero si bien hay cosas que cambian, también hay cosas no lo hacen.
France tiene todos los atributos formales ya mencionados (simpatías por el socialismo, anticlericalismo, etc) para ganarse la animadversión de la derecha y el reconocimiento de la izquierda. No obstante, aunque France está en la lista de los intelectuales de izquierda por un proceso de decantación, es un autor demasiado explosivo e inmanejable para ésta. Quien rechaza los “errores nuevos como más calamitosos que los viejos” no es un buen material para doctrinas constructivistas. Que Anatole France haya sido publicado en los países socialistas obedece a la mezcla de algún intelectual burlón y la imbecilidad ignorante de los censores. [El caso más estrambótico que conozco es la difusión (desde arriba) entre los reclutas y las escuelas del ejército en países socialistas de una obra anti-castrense por antonomasia: “El buen soldado Shveik” del autor checo Haroslav Hasek.]
France, al tratar el caso Dreyfus dedica un capitulo a los socialistas, lo que prueba que el tema no le parecía irrelevante. Pero es difícil que estos se sintieran reconfortados:
«Biadult-Coquille subió a la tribuna y habló durante tres cuartos de hora. Habló de prisa, desordenadamente, pero se apasionó y mostró la profunda convicción de un matemático místico. Fue aclamado. (…) una mujerona de edad indefinible (…) se abrazó a él, besóle apasionada y con solemne ardor le dijo:
-¡Eres incomparable!
Biadult-Coquille pensó, en su sencillez de sabio, que habría en todo aquello algo de verdad. (…) la juzgó sublime y la creyó hermosa. Se trataba de Maniflora, una vieja prostituta, pobre, olvidada, en desuso, y convertida de pronto en patriota entusiasta.»
Veamos los colores que da France a la discusión entre las dos facciones de los socialistas: quienes querían abstenerse y no participar en una lucha entre los militares y los burgueses o aliarse temporalmente con la burguesia contra los militares:
«Fénix: ¡Que vergüenza para nosotros si permitiéramos que un radical, un burgués, y algunos republicanos fuesen los únicos en perseguir los “crímenes del sable”(…)
Lapersonne: Su inocencia demostraría que siempre cumplió a conciencia su oficio, cuya principal misión consiste en asesinar al pueblo. Cuando se demuestre que Pyrot es culpable y que efectivamente robó el forraje de las provisiones militares, haré algo por él.
(…)
Después de expresar los jefes del partido sus opiniones, entablóse una discusión larga y viva. Como sucede siempre en tales casos, los oradores repetían los argumentos ya expuestos, con menos orden y mesura que la primera vez. Disputaron. A nadie convenció la opinión ajena, y cada cual insistía en la suya; pero estas opiniones, en el fondo, se reducían a dos: la de Sapor y Lapersonne, que aconsejaban la abstención, y la de Fénix y Lar-rivée, que deseaban intervenir.
Hasta esas dos opiniones contrarias se confundían en un odio común a la justicia militar y en una común creencia de que Pyrot era inocente. Así, pues, la opinión pública no se engañaba cuando veía en los jefes socialistas unos pyrotinos perniciosos.
En cuanto a las masas obreras, en nombre de las cuales hablaban y a las cuales representaban como la palabra puede representar lo indecible; en cuanto a los proletarios, en fin, cuyo pensamiento es tan difícil de conocer, que no se conoce a sí mismo, sin duda el proceso Pyrot no les interesaba.»
Sobre los socialistas leemos en “El Jardín de Epicuro”:
«Un cuadrito de Juan Béraud me interesa extrañamente. Es la Sala Graffard: una reunión pública donde humean los cerebros como las pipas y los quinqués. La escena, sin duda, es algo cómica, pero con un sentido cómico ¡tan profundo y verdadero, de tanta melancolía! Hay en el sorprendente cuadrito una fisura que, por sí sola, me hace comprender mejor al obrero socialista que veinte volúmenes históricos y doctrinarios: la del hombrecillo calvo, de cabeza gorda y hombros estrechos, que se arrebuja en su bufanda; un obrero de taller, hombre de ideas enfermizas, sin ansias viciosas; el asceta del proletariado, el santo del obrador: casto y fanático como los santos de la Iglesia en sus orígenes. Sin duda es un apóstol; y se comprende al saber que en el pueblo ha nacido una religión nueva»
France describe también una utopía socialista en su obra “Sobre la piedra inmaculada” bajo la forma de sueño de un personaje. Utopía que somete a la crítica, no por la búsqueda de errores, sino por considerar presuntuosas tales imaginerias constructivistas. France es demasiado filósofo, demasiado erudito, demasiado versado en la historia y demasiado sabio y reconocedor de la ignorancia propia y ajena, para fiarse de tales elucubraciones a las cuales juzga como vanas o peligrosas.
“El Jardín de Epicuro” es una colección de reflexiones y anécdotas. France expone de un modo bastante directo sus ideas, sin personajes intermediarios.
«Donde Cuvier imaginaba espantables trastornos, Carlos Lyell adivinó la clemente lentitud de las fuerzas naturales. Sería una teoría bienhechora si se pudiese trasladar del mundo físico al mundo moral, y deducir de ella reglas de conducta. El espíritu conservador y el espíritu revolucionario encontrarían un terreno de conciliación.
Persuadido el conservador de que no se advierten cuando se realizan de un modo continuo, no se opondría a los cambios necesarios, temeroso de acumular fuerzas destructivas en el sitio donde hubiese puesto el obstáculo. Y el revolucionario, por su parte, renunciaría a poner en juego violentamente fuerzas que de todos modos actúan sin cesar. Cuanto más lo pienso, más me persuado de que si la teoría moral de las causas actuales penetrara en la conciencia de la Humanidad, transformaría todos los pueblos de la Tierra en una república previsora y prudente.»
La última frase tiene un sabor colectivista, pero France es fiel a sí mismo, y no dispone de escondites a su burla. La frase que sigue es:
«La única dificultad, que no deja de ser poderosa, consiste en hacer que penetre.»
Anatole France, a caballo entre los siglos XIX y XX, vivió una época especialmente dura para el mundo intelectual. No tuvo predecesores ni imitadores. De cuantos conozco, es el autor literario que más incita a la reflexión, incluso fuerza a ello, con maneras suaves y conciliadoras y simultáneamente incisivas e irónicas. Siempre risueño, por dura que sea su burla, nunca es irascible. Yo me siento muy afortunado de haber conocido a este aristócrata del espíritu, que consideraba a la soberbia el mayor de los pecados. Cuando a diario nos saturan las palabras de plumíferos solo sostenidos por su ego, se nota más su falta:
«No late dentro de mí el germen de un dios, por insignificante que sea. Mi poquedad me hace dichoso, y veo en mis imperfecciones mi razón de ser.»


















Hoy pasaron una de sus películas, muy bueno actuando y un timbre de voz interesante, además de hacer ademanos y pasos al estilo de Presley.